¡Exigen a Sheinbaum justicia por el asesinato de un joven universitario potosino!

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La muerte de Gabriel Salvador Martínez Flores, conocido por familiares y amigos como “Salvita”, provocó una exigencia de justicia dirigida a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, luego de que su tía, Verónica González, difundiera una carta abierta en la que reclama que las víctimas de la violencia dejen de ser tratadas únicamente como cifras en las estadísticas oficiales.

Gabriel Salvador, de 21 años, fue asesinado a balazos el pasado 8 de agosto en las inmediaciones de la calle Cometa, en la colonia Rural Atlas de la capital potosina. El caso ha generado indignación entre la comunidad universitaria, familiares y ciudadanos, quienes exigen el esclarecimiento del crimen.

En la carta, su tía enfatiza tajantemente «Salvita no es un número». Describe al joven como un estudiante de séptimo semestre de la Licenciatura en Criminología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), integrante del equipo representativo de tiro con arco de la Facultad de Derecho y un joven que combinaba sus estudios con distintos trabajos para apoyar económicamente a su familia.

Relata que, además de acudir diariamente a clases y entrenamientos, Gabriel administraba un pequeño negocio de venta de alimentos dentro de su facultad, colaboraba con su madre en un puesto de ropa los fines de semana y era el encargado de cuidar y preparar los alimentos de su abuela. También señala que durante los periodos vacacionales realizaba distintos empleos con el objetivo de ahorrar para viajar a Colombia, uno de sus mayores sueños.

Tras el asesinato, la comunidad de la UASLP manifestó públicamente sus condolencias por la pérdida del estudiante. La Facultad de Derecho “Abogado Ponciano Arriaga Leija” emitió un pronunciamiento institucional, mientras compañeros, docentes, familiares, amigos y colectivos ciudadanos se sumaron a la exigencia para que el homicidio sea esclarecido y no permanezca impune.

La petición de justicia para Gabriel Salvador Martínez Flores continúa difundiéndose en redes sociales, donde decenas de usuarios han compartido su historia bajo el mensaje de que “Salvita” tenía nombre, proyectos y una vida por delante que fue truncada por la violencia.

Carta abierta para la presidenta de México Claudia Sheinbaum Pardo

Le escribo estas líneas para agradecerle que la muerte de mi sobrino Gabriel Salvador Martinez Flores no se encuentre ni siquiera en la nota roja de los diarios o los portales web que registran los asesinatos de nuestro país.
Salvador, -Salvita-, no forma parte de la estadística de crímenes, porque no, no fue, no es y nunca será un número.
Salvita era un ser humano que comenzaba a vivir cuando dos balazos cortaron su breve vida.
Sólo tenía 21 años.
Quizá usted maliciosamente pensará… «En algo andaba», pues justo le quiero contar en que andaba.
A Salvita le faltaba 1 año para graduarse de la carrera de Criminología en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí #UASLP. También era seleccionado del equipo deportivo de su facultad en la disciplina de tiro con arco en donde obtuvo innumerables premios y medallas en competencias en diversos estados de la República.
Salvita buscaba salir de una vida de limitaciones económicas, al tiempo que perseguía sus sueños de ser un profesionista y sacar de trabajar a su madre. Él organizó un pequeño negocio en su facultad, a sus compañeros y maestros les vendía comida, -chilaquiles verdes, empanadas y gelatinas- a su micronegocio le puso por nombre «Los muertos de hambre», todos los días el preparaba las salsas y el resto de los insumos y se los llevaba en su bicicleta hasta la uni.
Los domingos, -junto con su mamá y hermanos-, vendía ropa en un tianguis de la colonia donde vivía. Él era el responsable de montar y desmontar semanalmente el puesto de la ropa que su mamá adquiría en Chiconcuac, estado de México.
De lunes a sábado, -aparte de asistir a su escuela y acudir al entrenamiento de tiro con arco-, tenía la responsabilidad de llegar a su casa para preparar los alimentos de su abuela, -mi madre-, una mujer de más de 80 años, ya que la mamá de Salvita, -mi hermana-, trabaja en una lavandería y llega hasta las 7 de la noche.
Salvita amaba la vida, rescataba perros y gatos, sembró en el patio de su casa un pequeño huerto con un limonero, malvas, rosales y un ave del paraíso que orgullosamente presumía.
En vacaciones escolares conseguía trabajos de todo tipo, -entrega de comida, vigilancia, limpieza y no sé cuántos más-, porque se había fijado como objetivo viajar y conocer el país de #Colombia.
Quizá por todo lo que he mencionado, la funeraria en SLP dónde velamos sus restos, fue insuficiente para los cientos de personas que acompañaron sus restos. Llegaron muchachitos ex-compañeros de secundaria, el equipo de completo de tiro con arco de la Facultad de Derecho, sus compañeros de la universidad, sus profesores, amigos de la infancia, muchos vecinos, familiares del rancho, familiares de su desconsolada novia, en fin toda mi familia.
Al cementerio llegó mucha gente con globos y lo despedimos con mariachis y cientos de flores blancas.
Señora Sheinbaum, que bueno que Salvita no forma parte de las estadísticas y de los fríos números del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, porque Salvita no es, ni nunca será un simple número.
Señora Claudia Sheinbaum, en estos momentos que le escribo, estoy escuchando el desgarrador llanto de mi madre que se está muriendo de dolor y pide a gritos dejar de vivir.
Mi hermana sigue en shock y todavía no alcanza a dimensionar el tamaño de la desgracia con la que tendrá que lidiar el resto de su vida.
Los hermanos de Salvita actúan y funcionan en este duelo como meros autómatas.
Y yo estoy aquí por primera vez viviendo en carne propia lo que todos los días leo en las noticias que diariamente enlutan a nuestro país, rogándole a Dios que esta sea sólo una pesadilla de la cual voy a despertar en cualquier momento.
Señora Sheinbaum, no le puedo pedir justicia para Salva. Ese concepto en nuestro país ha sido distorsionado y prostituido por la clase política que se adueñado de las instituciones de nuestra patria y que cada día hunde más a México en un océano de dolor, violencia y corrupción.
Señora Sheinbaum, mi sobrino Gabriel Salvador Martinez Flores, -al igual que los miles de jóvenes que han sido asesinados y desaparecidos recientemente en este país-, tiene un nombre y una historia de vida personal, así como una familia que se encuentra destrozada por el inmenso dolor de vivir en este horror cotidiano de violencia absurda y sin sentido.
Señora Sheinbaum, no voy a implorarle ni justicia ni favores, estoy convencida que usted y su equipo seguirán en su empeño de idealizar los resultados de su política de maquillar cifras para tratar de convencer al electorado de las bondades de su gobierno.
Sólo quiero terminar diciendo que el verdadero México es el que vivimos los deudos de los cientos de miles de víctimas que día tras día enlutan a nuestro desafortunado país ante la indiferencia y estulticia de nuestros gobernantes y de sus equipos de trabajo.

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